El gorrión del cable de electricidad.

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El gorrión  cantaba con fuerza todas las mañanas en el cable junto a mi ventana.

Era la señal que la madrugada terminaba,
y el dulce mundo de los sueños se extinguia.
Era la señal que la vida continuaba.

El gorrión no sabe de la tragedia humana,
solo sabe celebrar la vida con su pecho inflado, en medio de algún  desolado paisaje,
de antenas y de cables,
y algunos  humanos errantes.

Como si su existencia dependiera de esto,
regala algunas  notas a lo que en sí;
no tiene armonía,
a la humanidad,
a la sociedad, a la desigualdad.

El gorrión del cable es un socialista,
no le importa regalar sus virtudes a los pobres,
obsequia  su música para un barrio de casas iguales,
música para seres grises,
música para los que necesitan belleza,
al menos poder seguir observándola en la naturaleza.

Las ciudades son grises y obscuras,
pero los gorriones generosos siguen cantando en ellas,
cantan para  personas rotas,
cantan para bípedos angustiados,
cantan para anunciar  la aurora,
cantan mientras algunos lloran,
cantan por necesidad,
cantan por  provenir de alguna singularidad,
cantan por que sí,
sin ninguna aparente explicación para su alegría diaria,
ellos siempre celebran la mañana.

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