Las mensajeras de la muerte

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Son mensajeras de la muerte, la hacen entender como una calma, como un alivio a pesadas cargas, a ese deseo que nadie soporta mucho tiempo, le hacen saber a la humanidad que su extincion individual es necesaria, que la vida eterna quizás sería insoportable sin placer ni juventud, ¿que es lo que quieren los hombres de carne y hueso que sea eterno?, ¿acaso solamente aquello que les da placer?

La soledad y la insatisfacción son tan grandes y cotidianas, que se pueden contemplar en cualquier escena que nos regala la vida.

En el vago que le da asco a todo mundo, en la mujer gorda mirando una publicidad para bajar de peso, en un grupo de amigos pagando por tener sexo, en un grupo de amigas huyendo de cualquier compañía lasciva y masculina, en los miles de sitios para mirar pornógrafia desde el anonimato, en millones de divorcios sucediendo constantemente, en los diálogos inconexos y ausentes del loco que habla solo, en el limpiaparabrisas que estorba a los automovilistas, en la normalidad con la que todos miran el sufrimiento humano, en los lugares y tiendas tan exclusivos que su única finalidad es apartarte de los demás por tener dinero, en la costumbre de solo valorar y tratar bien a quien ofrece dinero, en los miles de llantos que nadie escucha, en el perro vagabundo lastimado y despreciado, en el basurero donde desperdiciamos nuestros residuos de vida capitalista, en la imposibilidad de encontrar silencio en las ciudades, en la indiferencia ante cualquier desconocido, en millones de rostros, en el olvido de los cementerios.

La  insatisfacción y la soledad son tan grandes, que se pueden observar en cualquier humano, en cualquier esquina, en cualquier ciudad, en cualquier clase social, en cualquier tarde desperdiciada, en cualquier casa solitaria, en cualquier casa de ancianos, en el metro, en las estaciones de autobús,  en estos versos, en la imagen que veo en el espejo, en todas las tardes espiando horizontes junto a mis perros, solo aquella noche observando las estrellas con ellos, quizás fue la única vez que pude sentir al mundo: bello e infinito.

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