LA DEMANDA DE AMOR

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LA DEMANDA DE AMOR: PARA AMARNOS MÁS Y VIOLENTARNOS MENOS.
¿AMAR AL PRÓJIMO COMO A UNO MISMO?

El 2018 comenzó con una demanda muy específica, la demanda de amor. Ante las diferentes formas de violencia ejercidas por los diversos dispositivos de poder, el llamado o la demandapara hacerle frente es la convocatoria del ejercicio de amor, en otras palabras, un llamado al amor como respuesta de la problemática de violencia imperante (1). Las llamadas que convocan al amor provienen de diferentes latitudes: de los movimientos opositores de izquierda que aspiran a ganar las elecciones en este año, la derecha nacional, el grupo hegemónico en el poder, los movimientos LGBTTTIQ, los movimientos feministas, los movimientos indígenas, del sector salud (en especial del sector de la salud mental), los movimientos religiosos, la sociedad en general, etc. Es decir, la demanda es preponderante.

Pero ¿Cuál es la demanda en sí? La oposición del amor a la violencia, algo así como la presentación dicotómica del amor y la violencia en la que el primero mengüe al segundo. Por consiguiente, para poner en marcha un proceso en el que lo amoroso prive de sus efectos a la violencia, la mayoría de las propuestas encaminan sus prácticas y saberes al amor propio, pues sólo con base en el amor propio se puede amar al prójimo (2), en otras palabras, se apunta a que el sujeto se acepte tal como es, seaél mismo, o lo que puede traducirse en la prevalencia del Uno (3), y se sabe que ante la prevalencia del Uno lo que falta es la falta. Profundícese la idea.

Lo amoroso se inscribe no como una condición propia de la consciencia del sujeto (4), sino como el predominio del no saber-se. En oposición a los mandatos que promulgan el conocer-se para amar-se, se dirá que en(amo)rarse es desconocer-se. En ese sentido, y enfatizando las problemáticas que subyacen al discurso del Uno, se observa que uno de los efectos es que “todo sujeto tiene la idea de que la pasión amorosa obedece a su voluntad de elección, por lo tanto decide a quien amar libremente, pero curiosamente las cosas ocurren desobedeciendo a la razón, ya que finalmente no se ama a quien se quiere, sino a quien se puede” (Aguirre Espíndola & Vega Simmont, 2002, pág. 50) El sujeto, entonces, queda desplazado de su no-elección porque no ha sido él quien escogió.

Este desplazamiento o, mejor dicho, este descentramiento del sujeto devela un problema ontológico en tanto hay un desconocimiento de ser, ya que el problema inherente al imperativo categórico de amarse a sí mismo, entraña el cuestionamiento de ¿Quién soy? Y la respuesta dada por las prácticas y discursos zafios es la de la aceptación de sí mismo conforme la imagen en el espejo, o sea que el reflejo devuelto por el espejo es lo que soy y como debo aceptarme, en esa imagen tengo que reconocerme, pero ¿no es esa la gran trampa de la que habla Lacan en el estadio del espejo? Puesto que la imagen que unifica, que sostiene al Yo, está metabolizada por la mirada de la madre, entonces, la pregunta fundamental no atraviesa por la interrogante de ¿Quién soy?, se inquiere, más bien, ¿Qué me quiere? ¿Qué soy yo para el otro? Dado que, en la relación con el Otro, el niño es, antes que sujeto, <<objeto>>, objeto de la mirada de la madre, objeto de deseo de la madre. v. g. “un niño está sumido en una compleja red de relaciones […] aunque el niño es perfectamente consciente de su papel, no puede comprender qué objeto constituye para quienes le rodean […] el objeto es precisamente aquello que <<en el sujeto es más que el propio sujeto>>, aquello que fantaseo que el Otro (fascinado por mí) ve en mí.” (Zizek, 2011, págs. 14-15).

En consecuencia, se asevera que no hay Uno sin Otro, que la mismidad monádica se desvanece, y que, por el contrario, el amor no se cimienta sobre la base sólida del Uno, debido a que descansa sobre la base escindida de la <<falta>>.

Véase así que lo constitutivo del dispositivo amoroso es la <<falta>>. La <<falta>> constitutiva es aquella bajo la que el sujeto se ve impedido de reconocerse, por estas razones se arguye que “el amor nace de una falta fundamental y no de las propiedades, intrínsecas o atribuidas, del objeto amoroso”(Aguirre Espíndola & Vega Simmont, 2002, pág. 50), es decir, que lo amoroso no cruza por la pantalla proyectada por el Yo, -la buena imagen, la confianza, autoestima, asertividad-, sino por la posición subjetiva del sujeto en falta ($) en relación con el Otro.

Pero, una vez ubicados en estas coordenadas ¿Puede decirse que el amor es la medida fundamental a adoptar contra la violencia? o ¿El amor se opone a la violencia en medida que su sacralidad no podría mancharse con el estigma de la violencia?

Para tratar de dilucidar estas preguntas, se dirá que la violencia puede ser entendida como la trasgresión al Otro, portador de la Ley simbólica (5) (6). Sin embargo, ¿el amor no está también inscrito bajo las lógicas de la transgresión?

Para decirlo de una forma lacónica, el amor es transgresor en tanto se moviliza entorno a un objeto y pretende posesionarlo. Dadas estas circunstancias, el amor no subsiste en las condiciones democráticas que posicionan a dos sujetos en condición de igualdad o equidad, ya que, en sentido opuesto, subsiste en las condiciones de irremediable diferencia. Por tales motivos las relaciones amorosas no se desarrollan entre sujeto       sujeto; las relaciones amorosas tienen la particular característica de estar en función de la relación entre sujeto        objeto. No obstante, “Todo objeto de amor es siempre un objeto de prestigio, es decir, en toda elección el valor del objeto es necesariamente igual o mayor que el valor que el sujeto se atribuye a sí mismo” (Aguirre Espíndola & Vega Simmont, 2002, pág. 51).

A pesar de lo ya mencionado, la situación va más allá, pues no sólo se trata de que el sujeto esté en relación con un objeto, sino que las pretensiones (amo)rosas son equivalentes a las de un amo que pretende que sus esclavos se ciñan al cumplimiento de sus deseos, debido a que “el amor no funda sus propios límites y, en ese sentido, es insaciable; por más noble que parezca, pasa de la delectación contemplativa a la aprehensiva posesión del objeto” (Aguirre Espíndola & Vega Simmont, 2002, pág. 58), ciñendo al objeto aprehendido conforme su deseo.

Por último, considérese que el amor es violento per se. Sus designios no reposan sobre la nobleza o la benevolencia. Sus atributos pertenecen, más bien, al dominio de la transgresión. Sin embargo, los modos lógicos bajo los que se desenvuelve se localizan más allá del bien y del mal y, en ese sentido, mientras la violencia sea tomada como la encarnación del mal, el amor no puede ubicarse como la respuesta antagónica que subvierta el mal de la violencia.

Notas al pie

[1] Este antagonismo pudiera considerarse de la siguiente forma: La peste y la locura se han encarnado en la violencia y es menester aislarla o mandarla en barcas a la deriva, y el amor, ante el fracaso del encierro de los violentos (los centros de readaptación social), puede ser la cura o antídoto que nos salve de la violencia.

(2) ¿No se convierte, entonces, la demanda social de amor en el mandamiento cristiano (amarás a tu prójimo como a ti mismo)?

(3) La prevalencia del Uno puede ser analizada también como lo que Roudinesco llama: La era de la individualidad. “La era de la individualidad sustituyó así a la de la subjetividad: dándose a sí mismo la ilusión de una libertad sin coacción, de una independencia sin deseo, y de una historicidad sin historia, el hombre de hoy devino lo contrario de un sujeto.” (Roudinesco, 2015, págs. 15-16)

(4) Como se pretende en prácticas como mindfullness.

(5) Ahí radica la peligrosidad de la reforma de la ley conocida como “Ley de seguridad interior” que permite a las fuerzas armadas actuar según sus propios criterios sin rendir cuentas a nadie, es decir, no hay ley que las regule pues ellas encarnan la ley.

(6) La ley en este punto puede entenderse también como aquella que inscribe un límite.

Bibliografía

Aguirre Espíndola, J. A., & Vega Simmont, E. (2002). Amor y saber: Pasión por la ignorancia. Puebla: Plaza y Valdés, S. A. de C. V.

Roudinesco, É. (2015). ¿Por qué el psicoanálisis? Buenos Aires: Paidós.

Zizek, S. (2011). El acoso de las fantasías. Madrid: Akal.

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