Algo que creí aprender del laberíntico Ludwig Wittgenstein

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-Decidles que la vida ha sido maravillosa-, fueron las últimas palabras de un  moribundo con una enfermedad dolorosa y terminal, las pronunció alguien que toda su vida fue un maestro del escepticismo, aquel que tuvo tres hermanos suicidas, aquel que afirmo y enseño que nuestro lenguaje poseía forzosamente referentes externos, ajenos a nosotros, enajenantes, -procesos internos requieren criterios externos-.
Referentes o palabras que pueden decir algo pero no todo. Aquel abismado que le puso límites y frenos a todo lo que podemos pensar, hasta al lenguaje matemáticamente exacto.
Aquel que hundió en el silencio abismal, lo verdaderamente importante de la vida: la muerte, la soledad , los deseos rotos, el delirio de inmortalidad, aquel célebre profesor que escribió: -de lo que no se puede hablar es mejor callar.-
Aquel soldado amigable y triste, aquel que toda la vida fue torturado por los fantasmas convertidos en palabras de su padre, aquel que durante su vida conoció a los mejores pensadores de su tiempo.
Aquel que dijo tener una infancia miserable, aquel que peleó durante su juventud  una guerra mundial, aquel que amaba el pesimismo de Schopenhauer, aquel que buscaba monasterios para huir de la sociedad de su tiempo, si aquel laberíntico maestro.

Algo creí aprender de sus notas y su vida: sus últimas palabras para sus más cercanos amigos fueron: -decidles que la vida ha sido maravillosa-, yo le hubiera contestado al abismado y querido  maestro:  -los genios no deben morir como decía Dalí-, y sus últimas palabras le dan razón a Dostoievski,  -importa más vivir, que el sentido de la misma vida.-

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