El síntoma

remedios varo

Hoy he decidido dejar de temerle a la muerte; caminar despacio, porque solo tienen prisa los que van a algún lado sin dudar, por hoy no seré como aquellos millones que van a ocupar su tiempo trabajando, por el momento yo tengo la dicha de poder pensar.

Cada día es más solitario que el anterior,  y cuando la soledad es tan grande que se puede ver en  los números del reloj, como decía aquel beodo poeta. Cuando el instinto grita, cuando el hambre aprieta, cuando la soledad produce el delirio; darse cuenta de la danza absurda del tiempo es el síntoma.

Lo que lleva a la botella, a la píldora, al humo que flota y tranquiliza, aquello que supera la diferencia eterna entre ricos y pobres, aquello que hizo al mundo una cloaca decadente y desigual. Debe ser aquello, lo que produce la fe ciega en la muerte, darse cuenta que es el deseo más profundo,  el más hondo, el abismo sin suelo, la plenitud que implica dejar de pensar y de sentir.

Y así, unos desean seguir viviendo, otros suplican que esto no suceda nunca más. Pero todas las almas suplican, a mí no me quieran engañar; suficiente engaño dejo el absurdo instinto de conservación en mi débil aparato psíquico, en mi débil mente, en mi alma rota.

Hoy decidí dejarle de temer a la muerte, porque la  juventud es éxtasis, porque el fuego quema, porque nada es para siempre, porque el amor mediado por mis sentidos no pudo hacer que nada dure, ni siquiera en esta vida, en esta breve y pesada vida.

Mi alma tiene gravedad y pesadez,  mientras el mundo que me rodea tiene ligereza; después de todo este tiempo en el orbe, no he conocido a un solo anciano que no repele de su vejez, de  su falta de vitalidad, de su soledad;  que no desespere por los despojos que le  quedaron del erotismo, por el   despojo que la sociedad hace de sus ancianos, de la brutal desolación que implica vivir, del infame precio que hay que pagar, la vida se nos otorga y se nos arrebata, siempre fuimos en esencia desposeídos.

No es casualidad que los peores criminales de la humanidad, desde la infancia nunca conocieron al amor, no es casualidad que el  destino de muchos sea la crueldad; no es casualidad que para la mayoría de los seres humanos, su día más terrible es cuando muere su madre, quizás para muchos ese día, perdieron al único ser que les amó.

“La verdad es que amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al amor.” Esto nos enseñó el héroe de las mentes profundas y dolientes Friedrich Wilhelm Nietzsche. La razón pretende aniquilar al pensamiento trágico de la vida, la razón no sabe de amor.

La razón inventa otro mundo para no sufrir, la razón también tiene deseos en el fondo de su formal vestimenta, deseos que le hacen perder su delicado estilo; el hombre de razón está convencido que con su pensamiento superará al dolor, que las culpas se irán, pero poco sabe del poder del deseo y la voluntad, poco sabe de la superficie y la profundidad de su alma.

Y la verdad se hace un consenso, una ilusión más, ¿Quién afirma que Baudelaire no hablaba de la verdad del hombre?, existen quienes afirman que el deseo más íntimo de cada individuo  es algo desconocido para él, existen quienes afirman que hasta los deseos cambian, siempre las palabras persiguiendo el sentido de esto que nos sucede y le decimos vida.

Así que hoy he decidido dejar de temerle a la muerte; caminar despacio, porque solo tienen prisa los que van a algún lado sin dudar.

 

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