El amor: una propuesta del Demón de la repetición

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El amor: una propuesta del Demón de la repetición.

Víctor Hugo Espino Hernández.

Los signos mundanos son frívolos, los signos del amor y de los celos, dolorosos.

Deleuze.

 

Grandes motivos mueven a la acción humana, uno, sin embargo, es el amor. Con la llegada de la tecnología a la vida cotidiana y con el uso de Internet en el poder humano el amor se ha devaluado indudable o mínimamente la concepción que se tiene de él. Descaradamente se reposa en la concepción tradicional legada por Shakespeare y los cuentos de hadas. Pero, percibir el amor es algo complicado. Basta ver los dramas actuales sobre el alto índice de suicidio en aras de lo que es considerado amor. Plotino, filósofo neoplatónico, en su obra magna: Eneadas, considera indispensable preguntarse: ¿Qué es el amor?

Al leer el tomo III de las Eneadas me ha surgido un conflicto que intentaré resolver en este ensayo, el problema se plantea de la siguiente manera: ¿el amor nace de lo bello?

Analizaré el capítulo del amor que vienen en las Eneadas del tomo III. Algunos de los textos en los que sustentaré mi argumentación tendrán relación directa con esta problemática, sin olvidar que vivimos en una época capitalista y postmetáfisica, planteamiento desarrollado por G. Vattimo.

¿Es posible definir el amor en la actualidad, es decir, en la época donde las pantallas liquidas, los mass media, el Internet, todos ellos han tomado un lugar privilegiado para el hombre contemporáneo?

El problema de los filósofos modernos, es decir, de aquellos que junto a Kant pretenden privilegiar la razón por sobre todas las cosas, es que no supieron plantear el problema del amor o por lo menos no lo plantearon.

La filosofía es una especialidad muy conservadora y los prejuicios son profundos. Es probable que hoy haya muchos más libros filosóficos inteligentes sobre lógica formal o sobre el problema de las categorías en Kant que sobre el amor. (Precht, p 23)

El amor se entiende como el aspecto privilegiado entre dos seres o por lo menos así lo comprende la mayoría. No por nada F. Nietzsche en su famoso libro Más allá del bien y el mal considera que la verdad no se ha dejado conquistar, es decir, enamorar.

Suponiendo que la verdad sea una mujer—, ¿cómo?, ¿no está justificada la sospecha de que todos los filósofos, en la medida en que han sido dogmáticos, han entendido poco de mujeres?, ¿de que la estremecedora seriedad, la torpe insistencia con que hasta ahora han solido acercarse a la verdad eran medios inhábiles e ineptos para conquistar los favores precisamente de una hembra? Lo cierto es que la verdad no se ha dejado conquistar: —y hoy toda especie de dogmática está ahí en pie, con una actitud de aflicción y desánimo. (Nietzsche, p.35)

Dadas las circunstancias en las que se ha venido describiendo qué es el amor, para algunos pensadores, habría que entender mejor cuál ha sido su mayor logro en la sociedad. Pero, es algo que la cultura cristiana sabe muy bien: el amor ha edificado la mayor gracia para los hombres, ya que es la muerte de Jesús de Nazaret la que ha de purificar al ser humano, es decir su sacrificio, su amor por el hombre. Pero, en la introducción de nuestro ensayo hacíamos énfasis a que el amor produce grandes acciones, incompresibles en el quizás. El sacrificio como una forma de auto-suicidio es lo que hace incomprensible la ya tan esperada venida del Mesías: sólo para los judíos.

El amor también puede inferirse de una repetición, de una vivencia acaecida y que aparece en el pasado. Cuando Kierkegaard habla de la repetición refiere al asunto del amor, a su competitividad en el mundo material. El problema de que una metafísica sea totalmente materialista tiene su fundamento en el amor.

Engañarse a sí mismo en el amor es lo más espantoso que puede ocurrir, constituye una pérdida eterna, de la que no se compensa uno ni en el tiempo ni en la eternidad. Normalmente, cuando se habla de engaños en las cosas del amor, por muy varios que sean los casos, el engañado, a pesar de todo, se relaciona con el amor, y el engaño consiste solamente en que éste no estaba donde se pensaba; sin embargo, el que se engaña a sí mismo se ha excluido a sí mismo, cerrándose al amor. También se habla de si la vida le engañó o de si fue engañado durante su vida; pero la pérdida de quien impostoramente se engañó a sí mismo en el vivir constituye una pérdida irreparable. La eternidad puede reservar una compensación generosa incluso para aquel a quien la vida engañó a lo largo de toda su vida; mas el que se engaña a sí mismo se ha impedido él mismo la ganancia de lo eterno. Quien, precisamente a causa de su amor, resultara víctima del engaño humano, ¡oh, qué habrá, con todo y con eso, perdido en rigor, cuando en la eternidad se revele que el amor permanece y el engaño ha cesado! (Kierkegaard, p. 22)

Si G. Deleuze considera adecuado pensar en la interpretación de signos no se debe pensar en el enamoramiento en cuanto producción de amor cuanto en la prudencia y el respeto por la existencia.

El segundo círculo es el del amor. El encuentro Charlus-Jupien hace que el lector asista al más prodigioso intercambio de signos. Enamorarse es individualizar a alguien por los signos que causa o emite. Es sensibilizarse frente a estos signos, hacer de ellos el aprendizaje (así la lenta individualización de Albertine en el grupo de las muchachas). (Deleuze, p. 27)

La colectividad no define el amor, antaño se hacían deducciones de él. La importancia que la televisión da al amor es verificable con infinidad de telenovelas que se transmiten en ella. La cosa no parece sencilla cuando por el contrario la vida verifica que ella no es una telenovela. Allí donde hay fantasía hay programas televisivos y seguidores enajenados. El respeto hacia la pareja o hacia el enamorado se ve tontamente reducido por la libre asociación de personas. La libertad de expresión y la libre asociación han llevado a cabo su finalidad evitando la importancia del respeto ajeno. Sin embargo, es en nuestra época, es en nuestro tiempo donde las justificaciones parecen tener más poder que las convicciones. Basta revisar los contactos de cualquier celular para dar cabida a esta proposición. Si sucede lo contrario, no es la convicción la que respalda la decisión más bien es la libertad, la individualidad la que precisa ser vencedora en el mundo actual. Por ello, los cursos sobre el amor fracasan rotundamente ante la argumentación de que los seres humanos son libres por antonomasia.

En virtud de responder qué es el amor, aunque sea de una manera generalizada, Plotino comienza por preguntar si este es un «demon» o alguna otra cosa. La problemática cae en desuso cuando por alguna razón mezquina se busca un método para enamorar a toda mujer. Es bien sabido, sin embargo, que la mujer tiene inherente a ella una táctica atractiva que los ocultistas denominaron: polaridad. Si la mujer atrae, el hombre repele. Pero, a Plotino le interesa saber, haciendo distinción, entre lo bello y feo, si el amor es amor en sí mismo o es una cualidad inherente en sí. La problemática los plantea de la siguiente manera:

Pero parece que el argumento nos va a exigir que digamos también algo de Afrodita. ¿Qué se nos quiere decir: que el Amor nació de ella o que nació con ella? Lo primero, pues, ¿quién es Afrodita? En segundo lugar, ¿cómo nació el Amor, tanto si nació de ella como si nació con ella? ¿O hay algún modo de que aquél naciera a la vez de ella y con ella? (Plotino, p 115)

Se intenta por tanto indagar en la naturaleza del amor. Pero, anteriormente había dicho Plotino que la naturaleza nace de lo bello y lo bueno. Si la problemática que plantea este ensayo era conocer si el amor nace de la belleza es porque encontrábamos una primera contradicción en la propuesta de Plotino. El Eros por tanto señala la ubicación del enamoramiento no del amor. Si el cuestionamiento de Plotino va por buen camino es porque ha preguntado sobre el origen del amor. El camino hacia el conocimiento está en el buen preguntar. Así lo pensaba Heiddeger.

Acerca del amor, vale la pena examinar si es un dios un demón o si es un sentimiento del alma o si hay un amor que es un dios o un demón y algún otro, además, que es un sentimiento, y cuál es la naturaleza de cada uno; y vale la pena examinarlo recorriendo las opiniones de los demás hombres  (…) (Plotino, p. 111)

Se intenta por tanto indagar en la naturaleza del amor. Las Obras del amor de Kierkegaard, un libro sumamente controvertido para las mentes obtusas que creen que el mejor argumento en contra de Dios es negarlo, invita desde su prefacio a esclarecer el problema del amor a través del alabamiento plausible.

Son «las obras del amor»; lo que no significa que, con ello, esté hecho ya el recuento y la descripción de todas sus obras, ni mucho menos; ni siquiera que ni una sola de las descritas esté descrita de una vez por todas, ¡gracias a Dios! Aquello que en su entera riqueza es esencialmente inagotable, es también esencialmente indescriptible siquiera en su obra menor, justamente por estar esencialmente y por entero presente en todas partes, sin estar esencialmente destinado a la descripción. (Kierkegaard, p.18)

Al suponer que lo verdadero siempre vive en lo más aceptado y en lo más plausible, hemos de considerar que posiblemente el amor nace de lo bello. No nace, pues, el sentimiento de la tragedia del dolor, sino de la vitalidad, del mismo impacto que invade a un ser vivo el estar vivo.

Si la infatuada sagacidad, que se jacta de no dejarse engañar, tuviese razón cuando afirma que no debe creerse nada que no se vea con los ojos de la carne, entonces en lo que primeramente habría que dejar de creer sería en el amor. Y si se hiciese tal cosa, precisamente por el temor a ser engañado, ¿acaso no estaría uno engañado? (Kierkegaard, p. 21)

                 Sé es un cretino cuando se decide serlo, pero no se puede dejar de amar, jamás. Es necesario enfatizar el amor en virtud de que la humanidad misma vive con fundamento a este. ¿Apoco no se ha escuchado en cualquier parte la frase por cualquier humano: “nadie me quiere, nadie me ama” cambiando su vida completamente para actuar conscientemente y hacer el mal hacia los demás? ¿Será que de ahí nace la indiferencia y la antipatía al ser humano: por la falta de amor? Bien dice Plotino:

Y son ambos los que miran a aquél: el Alma progenitora y el bello Amor engendrado como una realidad que está orientada por siempre a otro ser bello y que cifra su ser en esto, pues es un intermediario como lo es el ojo del amante entre el amante y el amado, porque proporciona al amante la posibilidad de ver al amado por mediación suya pero se adelanta por su cuenta a llenarse del espectáculo antes de proporcionar al amante la facultad de ver mediante el órgano. Y es verdad que ve antes que el amante, mas no ve del mismo modo, porque, aunque fija en el amante el objeto de la visión, él mismo disfruta del espectáculo bello sólo mientras éste pasa a su lado fugazmente. (Plotino, p.117)

El amor nace de lo bello, de la observación de las bellas cosas, de la belleza primera ante los ojos. Pero, el amor enlaza con lo superior y lo divino poniendo a un lado el horror y la falsedad. El amor como divinidad y como afecto hacia aquello que tiene relación con lo divino; el Amor nace de lo bello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

Deleuze, G. (1995) Proust y los signos. Barcelona: ANAGRAMA.

 

Kierkegaard, S. (2007) Las obras del amor. España: SIGUEME.

 

Nietzsche, F. (2002) Más allá del bien y el mal. Madrid: EDAF.

 

Plotino. (1992) Eneadas III y IV.Madrid: GREDOS.

 

Precht, David R. (2012) El amor, un sentimiento desordenado: un recorrido a través de la biología, la sociología y la filosofía. Madrid: SIRUELA.

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