Los cementerios tristes.

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Aquel día, el cementerio no tenía flores de muerto ni colores, no había  luces ni símbolos;  era uno de esos días normales,  donde cada uno recuerda por voluntad.

Si alguien visita tu lápida,  después de que lleve un par de años olvidada en  el mundo, esa piedra, que seguramente tendrá algunas plantas junto a las letras que están en ella; si alguien  pasa a visitarte,  a pesar de lo aburrido que suele ser hablar con los recuerdos estáticos  y con tendencia a ser inventados,  si alguien te visita  a pesar de sentir el vació que causa la ausencia del cuerpo, si alguien va  llorar sobre una inanimada piedra que representa el nombre que quedó de ti. Probablemente no lo sepas, quizás no lo veas, puede que no lo sientas ya.

Pero será la prueba más hermosa de amor, nobleza y fidelidad de aquello que trascendió en ti, de  ese concepto tan extraño llamado alma para esta época, será la prueba que diste amor a esa, o esas personas que estén ahí hablando con un fantasmagórico recuerdo de lo que quedó de tu ser.

Quizás solo  nos importa lo que pudimos amar, quizás no podemos vivir sin la persona que nos amó, esa vieja tragedia humana que causa la muerte y tiene tanto que ver con el amor.  Nadie podría valorar algo, sin que exista la muerte que nos separa definitivamente a todos, entonces: si estoy muerto y alguien llora sobre mi lápida, es porque el amor es tan fuerte que necesita ser recordado, necesita una reminiscencia en su honor,  se representa en la memoria en duelo.

Es difícil encontrar lugares más  tristes que los cementerios vacíos,   quizás solamente sean más tristes, aquellas  historias  que no son dignas de ser recordadas, aquellas personas muertas y olvidadas en vida, quizás los manicomios sean más  tristes; o todos aquellos que en vida nadie los recuerda y a nadie le importan, quizás las calles sean más tristes; afortunado quien inclusive después de muerto, aquello que simbolice su presencia, siga importando, afortunado aquel que es recordado de tal forma que ni la ausencia ni la muerte lo pueden borrar de algún pensamiento que añora su presencia.

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