Los aforismos del cansancio I – V

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I
Como decía Francisco Tario, “y por hablar y no poder callar nunca, existen hombres que hablan solos”. Esto me define mejor, quizás que hasta mi mismo nombre. A partir de determinada edad, como si hubiera cruzado una especie de umbral invisible, las horas se me habían hecho, indescriptiblemente largas.  Pero solía esperar, como si algún milagroso  suceso estuviera por suceder, como si mi tiempo fuera a adquirir sentido por transcurrir, como si la vida fuera a cambiar por un observador que contempla y escribe. La poca vida que quedaba en mí, era toda esa esperanza malsana, prolongadora de tormentos, una voz interior que suplicaba: -¡que algo acontezca!- la aparición de cualquier mujer que llamara mi atención y dirigiera  la suya hacia mí, solía ser el místico acontecimiento  que mi obtuso deseo buscaba,  la vida defendiéndose a sí misma, esa inconsciente alegría, causada por las apariencias físicas y necesidades fisiológicas, pero mí necesidad más elemental, irónicamente no la encuentro en las causas del cuerpo o fisiológicas, que demandan una diaria atención, empero, mí necesidad más apremiante , la encuentro en el alma, salir de la soledad eterna, mantener la ilusión de que las palabras, las palabras  que habitan en mí, puedan transmitirse al menos a una persona, en el transcurso de mis días en este orbe, salir de esta condena de soledad e incomunicación, la agonía de estar tan solo y además incomunicado. Las personas creen comunicarse, son tan obtusos que no se dan cuenta, se lo juro a quien me lea, no se dan cuenta, creen que lo que ellos dicen, el otro lo entiende como   ellos quieren, no sospechan, no saben que el mensaje el otro lo entiende como le place, como puede. Todos esos parcos de pensamiento,  que creen poder comunicarse, ¡les hago un desafío a todos!,  escriban un libro sobre sí mismos,  y si es leído por más de 5 personas, escuchen las interpretaciones de estas  personas sobre el libro.  La gente ordinaria habla del clima, de la televisión, de autos, de eventos deportivos, de conciertos masivos, de lo que leyó en el periódico digital sobre las decisiones de su gobierno, la gente ordinaria no comunica lo que le pasa, lo que siente, todo eso se manifiesta y se convierte en siniestras afecciones y enfermedades de la mente, como dicen sus discursos académicos del comportamiento. La gente ordinaria va a hablar de lo que más le importa, con un sacerdote, con un pastor, con un gurú, con el psicólogo, con el psiquiatra,  con el psicoanalista, solo en esos espacios confiesa su siniestra intimidad del alma, su podredumbre cotidiana, en algunos tardo modernos casos,  se confiesan con Facebook, aquel lugar donde se supone, la gente dedica su tiempo a mostrar sus agradables gustos personales y sus felices historias de vida.  El sistema controla a sus piezas de tal forma, que a los sujetos al discurso, sujetos del lenguaje, les avergüenza expresar cualquier negatividad o debilidad, en cualquier lugar donde se interactúa entre personas, en particular cuando se trabaja o se ejerce algún oficio. El sujeto desde su propio hogar, es condenado  a pretender  incomunicarse en  lugares adecuados, puesto que se supone que la función de la familia en turno, es formar sujetos con auto control, la debilidad y la negatividad son una enfermedad para la cosecha,  los futuros sujetos del rendimiento, los granos  de la cosecha del futuro, se necesita que estén con actitud positiva para el trabajo.
II
La  dulce y eterna muerte, lo que le da sentido a  todo ser humano; si no fuera por la muerte, por  esa  única palabra, que cada que se pronuncia, se  tiene una certeza plena, una intuición, un vaticinio obscuro  sobre el mal día en que nos sucederá, nadie duda de su existencia. Es la única palabra en la que se puede tener una fe real,  es lo único que podemos predecir con certeza en la vida que todos hemos vivido.  Todos los actos que decidamos realizar en esta breve o larga  vida, antes de ejecutarlos, deberíamos ir pronunciando   esta premisa, deberíamos pronunciar: voy a morir, ¡quizás la vida sea la eternidad!,  quizás no venga la eternidad después de la vida,  si el filósofo que apreciaba la montaña y el bosque tenía razón, si la vida de la cual no dudamos, el misterioso Ser, si toda la sucesión de recuerdos, si toda nuestra memoria, si toda esta apariencia a nuestro alrededor,  es la eternidad, ¡si nuestra existencia es la eternidad!.  Si inviertes las creencias, si tu vida de la cual no te atreves a dudar  de su existencia, si eso que denominamos realidad de una manera  consensuada,  si esta vida es lo eterno, si tu vida es  perpetua y el universo infinito, y todo se repite, el vértigo en el alma es instantáneo, como una imagen del espacio exterior extraída de algún remoto satélite, como los límites de la razón ante la mayoría de las preguntas fundamentales. Si  esta  vida es la eternidad, tendría contados héroes, una humanidad con una historia escrita con sangre, una verdad impuesta por el poder en turno, creencias en religiones fabricadas para controlar mentes, la historia de la humanidad es demasiado nauseabunda para afirmarla como una eternidad, nuestra especie es poco virtuosa, en el fondo muchos lo saben, por eso causa tano vértigo invertir las ideas,  si esta vida fuera eterna, ¿cuantos ángeles y cuantos demonios tendría?
III
El terror implícito a  la propicia decadencia y fragilidad, es la vejez; todos quieren llegar a viejos, pero la mayoría no soporta hacerlo, pasar cualquier día es sinónimo de una perdida eterna, los optimistas y los alegres detestan intuir esto.  Se pierde el  tiempo, se pierde el ímpetu, se pierde la pasión, se pierden las ganas, se pierde la vida, se extravían los recuerdos, se van diseminando con el paso del tiempo, se olvidan las texturas,  se conservan solo imágenes vagas, entre la memoria inventora y un remanente de verdad.  Solo la vejez  detiene el abrasante paso del deseo, todo éxtasis quema, todo placer tiene un precio muy alto, su correspondiente síndrome de abstinencia, las personas que se acercan mucho al fuego, siempre se queman.
IV
La vida sin placeres no es vida, decía el anciano glotón mientras devoraba un banquete, importándole un bledo las recomendaciones  de su médico en turno.
V
El pasar del tiempo,  un desgaste cotidiano y absurdo que me lleva a desear la muerte;  me he dado cuenta  del lenguaje de la muerte: cuando olvidé a  alguien que amé,  sentí el desprecio   por aquello que dije amar y condené de manera irrevocable al exilio mis sentimientos, así el delirio de ser alguien,  de tener una historia en común que importa más que las demás historias, el  desear a una persona,  queda enterrado entre el recuerdo voluntario y el involuntario. Esta es  la manera en que esta antigua deidad: Tánatos, se comunica con los mortales, al acumular muchas de estas unidades de medida, que nosotros los bípedos les decimos años; de una manera inconsciente pero convertida en quejas, el cansancio se manifiesta año con año. Una descripción somera de la  muerte, encontrada en algún libro: esta palabra tan carente de  significantes y significados, lo único que quizás podamos enunciar de ella, siendo más preciso, sería la antesala de la muerte,  sería ese cansancio que nos invade totalitariamente, cuando el cuerpo simplemente no puede permanecer despierto más tiempo, ese cansancio absoluto que da, cuando no se durmió adecuadamente y solo se desea permanecer dormido más tiempo,  el cansancio y el sueño son los mejores ensayos de la muerte, en los sueños solo encontramos delirios y reflejos obscuros, miedos que crean mundos y modelan comportamientos, en los sueños nuestro mundo interior se representa como es, sin control, repleto de pura imaginación delirante, residual,  de colores siniestros, el cansancio solo es  la máscara dulce de la muerte, el recordatorio que este mundo es pura impermanencia como el monje oriental enseñaba,  todos vamos queriendo ser alguien ignorando la más elemental enseñanza; la existencia es un pasajero,  que ni si quiera sabe en qué estación  descenderá a la estación del abismo. Envejecer no es el brote de los cabellos blancos por todos lados en cualquier organismo, la piel arrugada, el caminar lento y rumiante, el asco que le propicia uno a la juventud, la ausencia de libido, el derramar líquidos cuando te alimentas, el toser por horas, o el depender de los que protegiste generaciones atrás, envejecer es ese cansancio y debilidad que nos lleva a decir: no soporto la vida, déjenme solo entre 4 paredes, solo quiero descansar.

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