La importancia de lo líquido

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La importancia de lo líquido

Pablo Medel

 

Pretender analizar el confuso mundo de la posmodernidad tiene, evidentemente, sus dificultades. No parece casual, por otro lado, que la comprensión de nuestro tiempo se enfoque más desde el campo de la sociología reflexiva, en detrimento de la filosofía: no es posible soslayar nuestro contexto histórico, social, político (y su versión digital) para dicho análisis.  No hay más que abrir un periódico, encender una televisión, colarse en cualquier de los no-lugares de paso de nuestras ciudades, para entender que la concepción romántica del individuo se ha transformado en ese ser líquido al que se refiere Zygmunt Bauman. El concepto acuñado por el sociólogo polaco es bastante acertado. Nuestra vida es ya “precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constantes” y resulta difícil huir del concepto de “desechabilidad” y permitirse durar “más de lo debido”. El látigo la caducidad, la sensación de vértigo, la falta de itinerarios vitales, la duración indeterminada de nuestro “viaje” o la deconstrucción creativa están ahí, queramos o no. La metáfora de Bauman es, en ese sentido, difícil de cuestionar: “la vida moderna líquida es una versión siniestra de un juego de las sillas que se juega en serio”. Por eso creo que es buen momento para repasar la obra en la que, a mi juicio, explica mejor en qué consiste este concepto tan interesante y a la que hago referencia en mi novela El principio de Pascal. Tanto que hasta los personajes utilizan este libro irónicamente como posavasos.

“Ser un individuo significa ser como los demás del grupo, idéntico a todos los demás”. Parafraseando a Marx, Bauman ataca la individualidad por no ser más que otro producto de la sociedad actual. A fin de cuentas, nadie quiere (ni puede) estar solo. Pero lo está. La economía de consumo se erige como culpable de esa “vertiginosa rotación” del mundo donde el ser humano ha perdido su individualidad, por paradójico que resulte, al aceptar su rol impuesto de individuo. Pasados por el filtro de la globalización, el siguiente paso sería aceptar la llamada “individualidad heredada o adscrita” que provoca, a juicio de Bauman, el auge de los fundamentalismos. Los ciudadanos, entendidos como “individuos asediados”, vivimos así en un lebenswelt husserliano “desequilibrado e inestable” en el que no podemos ser libres por el gran obstáculo que parece haber provocado la posmodernidad: la ruptura de los valores sólidos de la modernidad superada. Especialmente, el de la seguridad, que saltó por los aires tras el 11-S. Los individuos de hoy, divididos todavía en dos mundos en función de la economía, parecemos no llegar a ningún acuerdo. El problema está servido: “el manjar deviene veneno cuando alcanza el otro lado de la mesa”. Si pensamos en la situación actual cultural y política de nuestro mundo, la idea se ajusta bastante a nuestra realidad y explica el cansancio y hartazgo de los líquidos frente a los sólidos… y tal vez, parece añadir Bauman, frente a ellos (nosotros) mismos.

Otra idea interesante es la de la construcción del ser humano como mero consumidor ahogado por el propio vacío del mundo posmoderno. Sus únicas cuitas, impuestas, son “la gratificación instantánea” y la “felicidad individual”. Asimismo, se argumenta esa vacuidad y falta de referencias en el paso del arquetipo de mártir a héroe (de lo medieval al liberalismo francés) y del héroe a la celebridad (del romanticismo a la posmodernidad). La crítica contra la notoriedad banal de ese “desfile de celebridades” de nuestro presente, que brotan y se pierden en el olvido de forma continua, nos hace plantearnos la cuestión ontológica que aún no sabemos cómo resolver. Si la posmodernidad ha muerto y vivimos en un mundo líquido, sin referencias, inestable, movible y caduco y ya no hay vuelta atrás, ¿qué vendrá después? En este sentido es donde se echaría en falta la valentía filosófica de, en vez de analizar la sociedad (que también) proponer alguna alternativa, más que simplemente plantear algo que, quizá, ya sepamos: la solución está en un cambio que no sabemos qué forma tendrá.

Bauman se centra en el concepto de cultura, definido como “gestión del pensamiento y comportamiento humanos”. La referencia al teórico marxista Adorno, tratándose de Bauman, era obligada y el problema del individuo líquido pasa por saber que nuestra cultura está basada en “criterios abstractos impuestos desde el exterior”. La única rebelión del individuo alineado es (y aquí  la cita es de la defensora del pluralismo, Hannah Arendt) la de “revelarse en privado y en la intimidad de los encuentros cara a cara”. Bauman defiende la necesidad de los “gestores culturales, para no morir en la misma torre de marfil donde fueron concebidas”. La idea de supeditar la cultura a los criterios de mercado de consumo es, en cierto sentido, contradictoria con su discurso. Aunque, y esa es la tónica general de este ensayo, no aclara con precisión qué modificación vital hay que plantearse, en ese afán sociológico de analizar, más que proponer. Sí son interesante las páginas que dedica, a modo de ejemplo de cultura líquida, al fotógrafo posmoderno Jacques Villeglé, al pintor valenciano Manolo Valdés y al artista conceptual Braun-Vega. Con sus obras, Bauman amplía su definición de modernidad afirmando que el arte, como reflejo de nuestro mundo, ya “no se fija ningún objetivo ni traza línea de meta alguna y solo asigna una cualidad permanente al estado de fugacidad”. Si pensamos en literatura, y especialmente la que se apoya en los soportes digitales, la visión es bastante acertada. Aun así, Bauman muestra especial interés por la escultura (con cierto sentido), con la curiosa obra del artista noruego Gediminas Urbonas: cuatro receptáculos vacíos excavados en la ladera de una colina. Una vez enfrentadas las coordenadas espacio-temporales, nos encontramos, desplazado el eje, en este vacío conceptual y ético del que no sabemos cómo salir. La escultura (o la no-escultura) puede ser un buen punto de partida para volver a construir el discurso y superar la ansiedad y mareo de un planeta, aparentemente, sin rumbo. La reflexión arquitectónica es bastante acertada y puede aplicarse, perfectamente, al campo de la literatura donde la novela gráfica quizá acabe desplazando a la novela tradicional o la ficción fragmentaria e interactiva digital a la edición tradicional de novela y papel.

Bauman recupera la vieja dicotomía rural/urbano pero con el añadido de comparar a la ciudad con “un campamento de refugiados”, presos del terror y el miedo al otro, que explica la construcción de las zonas residenciales de acceso restringido. La visión, aquí aún más pesimista, es que el individuo no podrá salir victorioso en su “lucha cotidiana continua”, ya que “es improbable que lleguemos nunca a ver la línea de meta”. El exilio será, pues, el compañero de viaje. Una idea común del pensamiento (que ya dejó de ser exclusiva del colectivo judío) y que ha permitido, según Bauman, no solo la noción de este individuo líquido, sino la creación de obras fundamentales de nuestra cultura. Así, se pregunta: “¿Habría escrito Joyce el Ulises si se hubiera quedado en Dublín toda su vida?” Añadamos a su interrogación retórica cualquiera de los novelistas rusos o hispanoamericanos de la primera mitad de siglo y, en efecto, sí parece haber una fuerte conexión del pensamiento moderno con el del exilio forzoso… pero más por razones políticas que sociológicas, pienso. Y no hace falta irse tan lejos. Pensemos en los exiliados de la Guerra Civil y la lista de poetas, por ejemplo, será interminable: de Juan Ramón Jiménez, Alberti, Larrea, Prados, Cernuda, Prados o Guillén a los que pudieron haberlo hecho (Lorca) o los que no llegaron a disfrutarlo (Machado). ¿Y hoy en día? ¿No será acaso desde el exilio económico desde donde estén naciendo las nuevas propuestas? En ese sentido, no parece ir muy desencaminado.

Como bien apunta el longevo sociólogo polaco, es en la sociedad de consumo en donde cada necesidad y carencia se satisface con otras necesidades y carencias que nos conducen al “mal de nuestro tiempo”: la adición. El consumismo, como “economía de engaño, exceso y desperdicio” nos define y nos condiciona la falsa búsqueda del único valor posible: “la novedad por encima de lo perdurable”. Así, Bauman habla de la sociedad de consumo como “el sueño del Rey Midas hecho realidad en pleno siglo XXI”. Idea, en este sentido, no muy alejada de nuestra realidad, si cambiamos el término oro por el de artículo de consumo. Bauman hace un repaso de los best-sellers del momento (poco ha cambiado desde el año de su publicación) y recuerda que los libros más vendidos son los de cocina y los manuales para adelgazar. ¿Ocurre lo mismo con la ficción? Dando un paseo por las librerías de los centros comerciales, la sensación resulta preocupante. Y Bauman va más allá y encuentra el problema en el propio consumidor (o lector, podríamos añadir), al que define ya como ser autotélico, ya que constituye por sí mismo su propia finalidad y valor. Los ejemplos que propone son el culto al cuerpo y la obsesión por el ejercicio físico; se trata de adiciones que, como cualquier producto de consumo, nunca se terminan, ya que no hay un punto de llegada. Así, habla de la anorexia, la bulimia o el tabaquismo para llegar a las relaciones personales, especialmente, a las actuales, donde la pareja también se debe consumir y reemplazarse por otra. Tras esta visión apocalíptica del lebenswelt, las propuestas de Bauman pasan por establecer “lazos firmes y fiables de amistad y confianza mutuas”. Totalmente de acuerdo, pero ¿qué lazos?, ¿qué tipo de amistad? Es ahí donde sociólogo nonagenario asoma las posibles soluciones: fomentar una educación y un aprendizaje continuos, hacer “planes de vida” o  conseguir que “el mundo resulte más acogedor para la humanidad”. Ideas que, a mi modo de ver, nadie debería poner en duda, pero de difícil puesta en práctica mientras sigamos sometidos al rodillo del capitalismo y al caciquismo institucional. Y si la gran propuesta de Bauman es la de “tener el control sobre el presente”, uno no puede más que pensar que eso ya lo dijeron los filósofos griegos y que, estando como están las cosas, quizá haga falta algo más.

Bauman cierra el libro con la llamada a los intelectuales y, en parte, a los lectores de su ensayo, por recuperar las figuras de Arendt y Adorno. Tiene su sentido. Insiste en que el espacio público deber ser “un lugar de participación duradera más que de encuentros casuales y breves”. ¿Acaso no es eso lo que pasó en las plazas de tantos barrios en España hace no tanto?  “Recuperar valores como la conciencia o la solidaridad” son apuestas coherentes y necesarias, pero quizá incompatibles con el sistema actual. Pero, ¿y si esa liquidez de los individuos sea precisamente la que consiga derrocar la solidez de este sistema? El problema, y así se recuerda en el último párrafo del libro, es que “sospechamos qué es lo que hay que hacer”, pero “nadie sabe muy bien el qué”. Lo único que apunta Bauman, cuyo análisis (insisto) es acertadísimo, es que el cambio “será diferente a todo a lo que nos hemos acostumbrado”.

El tiempo dirá.

¿O no?

 

 

 

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