Mi amigo Nietzsche

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“Yo no soy un hombre, soy dinamita”

 

“Mi amigo Nietzsche” (Meu amigo Nietzsche) es un corto cinematográfico brasileño escrito y dirigido por Fáuston da Silva que ha sido galardonado en diversas ocasiones, siendo el premio a la mejor realización audiovisual, otorgado por el Festival Latinoamericano de Video y Artes Audiovisuales Rosario (FLVR), uno de los más destacados. El cortometraje de tan sólo quince minutos es relativamente simple, sin que por ello carezca de una increíble fuerza. Lucas es un niño que tiene problemas en la escuela, y si no mejora su habilidad lectora –le advierte su maestra- tendrá que repetir el curso. Tras este hecho, y por obra del azar, encuentra un libro cuya portada contiene una palabra que le resulta incomprensible: “Nietzsche”. Historia que nos trae a la mente a un gran –aunque poco conocido- latinoamericano, el escritor y guionista argentino José Sbarra, quien en su “Marc, la rata sucia” –uno de sus pocos libros publicados- relata el encuentro inusitado entre un adolescente y un libro, y dice:

“El adolescente ha terminado de leer su libro. Se encienden estrellas sobre la basura. Es la primera vez que lee un libro desde el comienzo hasta el final. Es la primera vez que descubre que alguien que no lo conoce y a quien nunca vio, sabe exactamente lo que le pasa y lo que piensa. Aprieta el libro. Llora. O casi. Acaba de comprender que no está solo en el universo. Hay alguien que lo entiende y se lo ha contado por medio de un libro. Vuelve a la primera página, a la primera frase. Se repite a sí mismo el nombre del autor. Es un escritor de otro país, de Alemania”.

Así pues, en la producción de da Silva, vemos retratado el contexto social del Brasil actual –o de casi cualquier país tercermundista. Allí impera la marginación económica, la alienación del fútbol, el culto religioso y la ignorancia suprema (Lucas pregunta a varias personas por el significado de la palabra “Nietzsche”y nadie le da respuesta salvo un pobre recolector de cartón –recurso que, en vez de ser un cliché, le da consistencia y sentido a la historia-, el cual, además de ser culto, lo incita a entender el complejo, pero genial libro “Así habló Zaratustra”).  Y, en medio, tenemos a un niño que, tras haber comprendido el libro, se ha convertido en dinamita.

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Lo que aquí vemos de gran importancia es el valor que se le atribuye a los libros. No son un simple instrumento útil para mejorar nuestra ortografía o un bello pasatiempo que hace crecer nuestra imaginación. Los libros son bombas que hacen dinamitar nuestro mundo, nos hacen ser personas completamente diferentes de lo que éramos, nos cambia la vida. Y ese radicalismo de los libros, generalmente, conlleva un fuerte extrañamiento por parte de los demás: o estás loco o tonto. El individuo que realmente ha sido tocado por los libros, deja de ser parte de rebaño, despierta, y despierta eternamente.

Asimismo, vemos uno de los posible errores en los que, casi siempre, cae el neófito lector, hechizado por su autor favorito: asumir al libro como criterio de autoridad, creer que sólo en él radica la verdad, citarlo de memoria (¡sí que sucede!). Pero también se nos muestra el despliegue de un alma, el crecimiento de un lector que no se estanca en los mismos pensamientos, sino que demanda conocer más, caminar por otros vericuetos, hurgar diferentes sendas hasta formar nuestra verdadera esencia.

“¡Arráncate los tapones de los oídos y escucha! ¡Quiero que hables! ¡Arriba! ¡Arriba!

Aquí hay truenos bastantes para que también las tumbas aprendan a escuchar.

Y borra de tus ojos el sueño y toda miopía, y toda ceguera.  ¡Escúchame también con los ojos! Mi voz es medicina hasta para los ciegos de nacimiento.

Y una vez despierto deberás estarlo para siempre.”

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

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