¿Es posible aún crear arte?

Fin del Arte

Fin del arte

“Que enriquezca rápidamente el álbum del viajero devolviendo a sus ojos la precisión de la que carecería su memoria, que adorne la biblioteca del naturalista, que amplifique los animales microscópicos, que incluso refuerce con algunos informes las hipótesis del astrónomo […] y la fotografía será aplaudida y todo se le agradecerá. Pero si se le permite hollar el terreno de lo impalpable y de lo imaginario, de todo aquello que sólo vale porque el hombre ha puesto allí su alma, entonces ¡ay de nosotros!”

 Charles Baudelaire, El público moderno y la fotografía.

Después de que salieran a la luz las más grandes atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, Theodor Adorno lanzó su importante consigna acerca de la imposibilidad de crear arte en los tiempos venideros. De la misma manera que el pensamiento de Hegel o de Danto, al postular el fin del arte, no pueden ser invalidados  por el hecho empírico de que, hasta nuestros días, la producción artística se siga llevando a cabo; la sentencia de Adorno debe ser interpretada de otra manera.

Ya sea de manera ética, en el sentido de que en un mundo en el que cupo la posibilidad de un Auschwitz, las bellas palabras de un poema no tienen cabida; o política, en un sentido benjaminiano que intenta desplomar la categoría de arte en su sentido ritualista para ingresar a un orden político, lo que resulta evidente es que, a partir del siglo XX, la concepción del arte ha sido drásticamente modificada.

¿De qué manera debe ser juzgado el arte contemporáneo? ¿Las actuales producciones pictóricas, literarias, plásticas, teatrales, musicales, etc., aún pertenecen al mundo del arte o podemos decir que son un producto más de nuestra sociedad del consumo? Lo que abordaremos en las próximas páginas será la problemática en la que el arte se encuentra en la actualidad. Comenzaremos dando revista al pensamiento del filósofo madrileño Ortega y Gasset con respecto a su postura del arte moderno, para pasar a la interpretación que Arthur Danto realiza acerca del surgimiento de un arte como el de Andy Warhol, para finalizar con un análisis histórico de Lipovetsky.

La masa no puede entender el arte nuevo

En 1925, Ortega y Gasset publica un ensayo intitulado “La deshumanización del arte”, en el que, a raíz del surgimiento de las llamadas vanguardias o nuevo arte y de la evidente resistencia que se presentó en los espectadores para aceptarlo, realiza un análisis acerca de sus principales características, no en las particularidades diferenciadoras de cada estilo sino en su generalidad. En primera instancia, Ortega nos evidencia, a través de una análisis que el nomina sociológico, la impopularidad, e incluso, repulsión, por parte del vulgo, de la masa, de la mayoría, hacia el nuevo arte. Sin embargo, este rechazo no es producto de la natural discrepancia hacia la que tiende el gusto, sino a la incapacidad en la comprensión del significado del nuevo arte. Nos dice Ortega:

A mi juicio, lo característico del arte nuevo, <desde el punto de vista sociológico>, es que divide al público en estas dos clases de hombres: los que lo entienden y los que no lo entienden. Esto implica que los unos poseen un órgano de comprensión negado, por tanto, a los otros; que son dos variedades distintas de la especie humana.[1]

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¿A qué especie humana le está vedada la comprensión del nuevo arte? Siguiendo una línea nietzscheana que determina al pueblo como un ente que “comprende poco lo grande, esto es: lo creador. Pero tiene sentidos para todos los actores y comediantes de grandes cosas”[2], para el filósofo madrileño, solamente una minoría de grandes y nobles hombres, esa escasa pero superior especie egregia y aristocrática, son quienes se encuentran en condiciones de entender el nuevo arte. “Dondequiera que las jóvenes musas se presentan la masa cocea”.[3]

 

Sin embargo, Ortega no ceja su análisis con el aspecto sociológico, sino que intenta ir mucho más lejos y adentrarse en los aspectos filosóficos que caracterizan a las nuevas formas de arte, por los cuales, son incesantemente rechazadas. He aquí el factor que nos ocupa. El arte nuevo, según Ortega y Gasset, despliega una marcada tendencia hacia la “deshumanización del arte”, hacia una “purificación” del arte a través de la progresiva deformación y supresión de elementos humanos. A diferencia del arte antiguo, cuyo interés por conquistar el mayor parecido entre la obra de arte y la realidad humana le granjeó el atributo de “realista”; el arte nuevo antepone los elementos, la comprensión y el goce puramente estéticos. Mediante una interesante analogía, Ortega nos cuestiona: si nos encontráramos mirando algún jardín a través del vidrio de una ventana ¿veríamos sólo la sublime belleza que el diáfano cristal nos posibilita o posaríamos nuestra mirada sobre dicho vidrio a pesar de que, por ello, el jardín perdiera su claridad?

La mayoría de la gente, nos dice Ortega y Gasset, es incapaz de acomodar su atención al vidrio y transparencia que es la obra de arte; en vez de esto, pasa al través de ella sin fijarse y va a revolcarse apasionadamente en la realidad humana que en la obra está aludida. Si se le invita a soltar esta presa y a detener la atención sobre la obra misma, dirá que no ve en ella nada, porque, en efecto, no ve en ella cosas humanas, sino sólo transparencias artísticas, puras virtualidades.[4]

Frente a esta forma de percibir al arte, tanto de los artistas como de los espectadores, fue ante lo que se rebeló el arte nuevo. A este le repugna el “pathos de la existencia cotidiana; el sufrimiento o la alegría presente en una obra le es secundaria porque no busca vivencia sino contemplación; hace imposible que el espectador se sienta en casa al observar la obra puesto que no pretende ser reflejo de la vida sino una ficción, una desrealización de la realidad; siente asco hacia lo humano en el arte.

Prometeo

Prometheus – Kokoschka

Así pues, al ser el teórico que juzgó oportuno, en razón de la periclitada y agotada cantera del arte antiguo, el surgimiento de esta nueva sensibilidad artística; y al brindar un sentido coherente e inteligible a lo que más bien parecía caprichoso y arbitrario, podemos ver en Ortega y Gasset al paladín del arte contemporáneo.

 

[1] José Ortega y Gasset, La deshumanización del arte, Espasa Calpe: Madrid, 1987,  p. 50.

[2] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, tr. Andrés Sánchez Pascual, Alianza: Madrid, 2008,  p. 90.

[3] José Ortega, op. cit., p. 50

[4] Ibídem, p. 54

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