Los Cuervos de Van Gogh

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Los cuervos de Van Gogh, tristeza y dolor infinitos

Los cuervos en el trigal, posiblemente, la última pintura de Van Gogh realizada unos días antes de que decidiera terminar con su atormentada vida. Esa pintura es una tormenta eléctrica de las profundidades del alma, en ella Van Gogh plasmó como nadie el vértigo de la existencia, el delirio y la tristeza de la vida como un mar tempestuoso luchando con el cielo. La lucha de la vida con la muerte, el estrépito de la certeza de la proximidad de la muerte.

Se puede ver una sublime desesperación con sus brochazos rápidos y febriles, nos muestra el estado de su espíritu, Vincent Van Gogh nos dice:

“El pincel casi se me caía de las manos…y no me fue difícil expresar el dolor y una soledad infinita”.

La capacidad para representar de Van Gogh es inigualable. Si bien, el cuadro con sus negros cuervos y ese cielo que parece funeral en enfrentamiento con el trigo movedizo son una escena lóbrega y sombría, también podemos sentir el
latir de la vida, esa triste pelea con la muerte donde se emplean todas las fuerzas de las vísceras delirantes antes de abandonar este mundo.

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En definitiva, uno siente que se pierde en esos caminos de trigo que no sabes a dónde te llevarán: al cielo, a un infinito de trigo amarillo y vibrante, o si no llevan a ningún lugar. Un enfrentamiento de la vida y su panorama del mundo pintada de la forma más cruda y brutal. La mirada de Van Gogh es la mirada de un loco que tuvo la lucidez y el coraje de ver el mundo sin ningún velo.

Artaud, otro loco maravilloso que pudo ver a través de Van Gogh, y hablarnos de él con una prosa tan vertiginosa como los mismos cuadros de Vincent:

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“Los cuervos pintados dos días antes de morir no le abrieron, más que sus otras pinturas, la puerta de cierta gloria póstuma, pero a la pintura pintada, o más precisamente a la naturaleza no pintada, le abren la puerta secreta de un más allá posible, de una constante realidad posible, a través de la puerta abierta por Van Gogh hacia un misterioso y temerario más allá. No es algo que suceda a menudo que un hombre, con la bala del fusil que lo mató en el vientre, pinte cuervos negros y una especie de llanura debajo de ellos, posiblemente lívida, vacía de todos modos, en la que la tonalidad de borra de vino de la tierra se contrasta furiosamente con el amarillo sucio del trigo. Pero, aparte de Van Gogh, ningún otro pintor hubiera podido encontrar, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de “banquete fastuoso” y al mismo tiempo excremencial, de las alas de los cuervos asustados por los fulgores declinantes del crepúsculo. ¿Y la tierra, allí, de qué se queja, bajo las alas de los dichosos cuervos, dichosos sin duda sólo para Van Gogh, y ostentoso presagio, además, de un mal que ya no ha de incumbirle? Ya que hasta entonces nadie como él había transformado la tierra en ese trapo mugriento empapado en sangre y retorcido hasta extraer vino. En la tela hay un cielo muy bajo, aplanado, violáceo como los bordes del rayo. La inusitada franja tétrica del vacío se eleva en relámpago. A escasos centímetros de la parte alta y como viniendo de la parte baja de la tela, Van Gogh soltó los cuervos como si soltara los microbios negros de su bazo de suicida, siguiendo la grieta negra del trazo donde el aletear de su suntuoso plumaje hace pesar la amenaza de una sofocación desde lo alto sobre los preparativos de la tormenta terrestre. Y, sin embargo, toda la pintura es espléndida. Pintura espléndida, suntuosa y serena. Acompañamiento digno para aquél que, mientras vivió, hizo girar tantos soles embriagados sobre tantas parvas resistentes al exilio y que, con una bala en el vientre, desesperado, no pudo dejar de ahogar con sangre y vino un paisaje, inundando la tierra con una última emulsión resplandeciente y tétrica a la vez, que tiene gusto a vinagre pasado y vino agrio”.

 

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